miércoles, 4 de enero de 2017

Catedrales

Os propongo un juego: si sois de los que coleccionáis imanes, echad un vistazo a vuestro frigorífico y decidme qué veis. Probablemente, muchos de vosotros encontréis que, entre el imán con forma de pinta de cerveza espumosa que os regaló vuestro amigo irlandés, y el que comprasteis aquella vez para ayudar a la protectora de animales, hay una temática que se repite: la de las grandes construcciones emblemáticas. Yo acabo de hacer la prueba en mi casa y he detectado, entre otros, una Torre Eiffel, un Partenón, las murallas de Ávila y el Coloso de Rodas.


                                     
Puede que en estos tiempos utilitaristas y veloces, donde el individuo vive sobre-estimulado y su dimensión espiritual ha sido sofocada (o relegada a un plano casi epidérmico), percibamos con menos intensidad el poder de atracción de estos grandes monumentos. Pero si prestamos un poco de atención, nos daremos cuenta de que no somos completamente ajenos a su magnetismo. Estás grandes construcciones siguen formando parte de nuestro paisaje, continúan habitando nuestra memoria y, entre sus piedras, mármoles y forjados, los humanos seguimos celebrando ritos de peregrinación, nacimiento, amor y muerte.

Un amigo granadino nos contó una noche, entre copas, la anécdota de una japonesa que siguiendo las huellas de Lorca, el flamenco y el duende, se afincó en el Albaicín, en una casa con vistas a la Alhambra. Decía que, en ocasiones, sentía que el influjo de la mágica construcción roja era tan fuerte que cerraba cortinas y persianas al grito de "¡que me la quiten, que me la quiten!". 



Sin llegar a tanto (normalmente, la buena anécdota es aquella que no prescinde del todo de la ficción) sí creo que estos grandes seres no nos son indiferentes. En mi caso, por ejemplo, me he dado cuenta de que cuando regreso a Burgos no puedo dejar de visitar la Catedral. Aunque vaya a cualquier otro sitio, siempre acabo allí, como si respondiera a una especie de llamada sonámbula. Pero no me ocurre solo a mí.. En las fotografías que mis amigos burgaleses cuelgan o utilizan para identificarse en redes sociales también la Catedral es recurrente. Su piedra blanca contra el cielo azul y limpio, de día. El perfil sobrecogedor de sus agujas, de noche, como dos grandes faros que guían los pasos del viajero. 

Foto: Josep Mª Pascual
Y es que aún hoy, late bajo nuestra piel de sapiens urbanos una pulsión animal que hace que algunos lugares nos atraigan más que otros, nos inspiren más que otros. El viajero reconoce de inmediato aquellos parajes y piedras que, por su situación, belleza o energía, han ejercido un poder magnético sobre los hombres desde el origen de los tiempos. No sólo los reconoce, sino que desea experimentarlos: deslizar su mano por la piel suave de un acueducto romano, sentir silbar el viento entre las piedras de Stonehenge, subir a lo alto de una pirámide maya, estremecerse bajo el tañido de las campanas de una catedral gótica... Tampoco los artistas (siempre con las pupilas más dilatadas que las del resto) se resisten a la fascinación de estos lugares, que llevan siglos inmortalizando en cuadros, libros (Nôtre Dame de París, de Víctor Hugo), canciones (¡cuántas se le habrán dedicado a la torre Eiffel!), fotografías o esculturas.  

Ítalo Calvino, en su inclasificable "Las ciudades invisibles", imagina una ciudad llamada Zaira, de la que dice lo siguiente: 

"En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. La descripción de Zaira como es hoy, debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las lineas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas".

Creo que, de una manera un poco mágica, como propone Calvino, podríamos imaginar que todo el pasado de las ciudades se contiene y resume en sus más grandes monumentos. Me parece reconocer la misma idea de "eternidad embotellada" en el poema "Catedral", de Víctor Botas:

"Ante estas piedras súbitas 
mojadas por los siglos, 
 los hisopos, 
y también la lluvia, 
 me parece 
escuchar voces muertas,
 cánticos gregorianos,
la fatigada 
tos de los canteros"

De todos los tiempos (el del Mundo, el del Templo y el del Hombre), este último es el más insignificante. Por eso, adentrarnos en los grandes colosos sagrados nos hace un poco más eternos. Por eso, ¡ay, mortales!,  estos lugares nos resultan tan irresistibles.
Pero esta comunión que el ser humano experimenta con los lugares mágicos le hace también más frágil ante su destrucción.  Perfectos conocedores de ello son, tristemente, quienes practican el terror. El fanatismo violento sabe del impacto de la destrucción del Templo en los adoradores del Dios.  Nada nuevo bajo el sol. Los cabellos de Sansón, la matanza ordenada por Herodes, la destrucción y saqueo de los templos de Zeus o de Jerusalén... De ello hablaban ya, desde hace milenios, los textos sagrados y los mitos.

Como si de un profeta se tratara, acertó Leonard Cohen en su particular recreación del retrato de un extremista radical que es "First we take Manhattan". "Guiados por una señal de los cielos", primero tomaron Manhattan (y, quince años más tarde, también Berlín).  Quienes lo vivimos, no olvidaremos nunca aquel día en el que, pegados a las pantallas de televisión, asistimos en directo al desmoronamiento de las Torres Gemelas, la más moderna representación del sueño gótico (alcanzar el cielo a través de la verticalidad, ¡sube alto, más alto!) y símbolo indiscutible  de un imperio. Pero además de la tragedia más obvia, la pérdida de miles de vidas humanas, no dejará de dolernos nunca esta imagen de los dos grandes colosos en llamas:

                                     


Lo mismo sucedió con el desastre incomprensible de Siria, donde, además de la sacudida que produce semejante tragedia, nos impresionó la ferocidad de las imágenes en las que, a golpe de martillo y mortero, los yihadistas destruían en directo cientos de tesoros arqueológicos.



La ira de los fanáticos alcanzó a, entre otros, el magnífico Arco del Triunfo de Palmira, que tras siglos dando bienvenida y cobijo a las caravanas que atravesaban el desierto, ha quedado brutalmente amputado. 
                                   

El vacío que estos grandes monumentos dejan tras su desaparición no es sólo físico. La destrucción del paisaje, la eliminación de los símbolos de una ciudad o de todo un pueblo, tiene una fuerza exterminadora vasta y permanente. Igual que podemos sentir toda la historia de una ciudad condensada en uno de estos monumentos, la sensación de orfandad que deja su desaparición adquiere una dimensión colectiva y eterna. Así de bien lo recreaba este colectivo de artistas audiovisuales en "Megalomanía", esta pesadilla apocalíptica y desasosegante.


Cuando en Alepo, el casco histórico de la ciudad se liberó y los civiles pudieron transitar por sus calles, las cámaras captaron a un hombre llorando ante los restos de la Mezquita destruida: "Su grandeza sólo vive ya en mi recuerdo".



                          

Pase lo que pase con los grandes colosos que dan sentido e identidad a nuestras ciudades y cuyas reproducciones, como pequeños totems, decoran nuestros frigoríficos, el ser humano seguirá construyendo más. Porque la búsqueda de la eternidad y la satisfacción de nuestra dimensión espiritual y mística a través de lo tangible (las piedras, los metales preciosos, los grandes espacios rituales) está y estará siempre en nuestra naturaleza. Disfrutémoslo.

                                      

                                            Óleo de Verónica Alcacer del Río (Niña Vero)

sábado, 24 de septiembre de 2016

Feminidad de vestuario

Aunque reconozco ser, en esencia, un animal terrestre, últimamente estoy dejándome seducir por los encantos ingrávidos de la natación -tan buena para todo, según parece-.

Para ponerle un poco de chispa a la cosa, cada vez que preparo la mochila pienso en esa escena tan intensa de la película "Azul", en la que una atormentada Juliette Binoche trata de alejar sus fantasmas sumergiéndose en las aguas añiles de una piscina de invierno. Había algo de perturbador, de axfisiante, en la imagen de esa mujer que se aferra a la vida a través del movimiento. Una brazada, otra... no pienso, sólo avanzo. Nado, luego resisto. El agua en la que se introduce, casi desnuda, deja al descubierto su fragilidad, su tragedia, pero a la vez le infunde una especie de fuerza sanadora. El azul, siempre al rescate de la protagonista.



Las piscinas madrileñas tienen poco que ver con las que Kievsloski imaginaba para su personaje. Son luminosas, alegres y bulliciosas. Incluso en algunas, como la de la C/ Farmacia -mi favorita-, puedes ver los atardeceres rosas que nos regala este comienzo del otoño y sentirte como un gato sin miedo al agua por los tejados de Madrid.



Pero lo que más me gusta de esta piscina urbana es el vestuario femenino. Entrar en él es respirar de inmediato, entre los aromas a champús, cremas y demás potingues, una especie de camaradería animal. Dentro, las mujeres se desnudan, se lavan, se peinan y se visten. Pero lo hacen como lo hacemos las mujeres normales, no como esas maniquíes que posan con calculado erotismo y boca entreabierta en los anuncios de perfume.



En la humedad de los vestuarios, las mujeres se mueven con una eficacia exenta de coquetería. Veo a mi alrededor gestos enérgicos, útiles y precisos. Recios cepillados de pelo, maniobras de secado eficientes y desinhibidas, toallas de microfibra del Decathlon. Una chica desnuda, excepto por unas chanclas y la toalla-turbante que se ha puesto en la cabeza, escribe un whatsap. Otra se desabrocha, con una mano, el sujetador, mientras con la otra trata de doblar la blusa que acaba de quitarse. Una señora se extiende descuidadamete crema en los brazos mientras charla con su compañera de aquagym. No hay movimientos sexies. No hay rituales de cortejo. No hay ni pizca de erotismo.

Me gusta el vestuario femenino porque veo, mostrados sin tapujos, cuerpos reales de mujeres reales. Porque no se ocultan las cicatrices que la aventura, el paso del tiempo, o una maternidad reciente, han dejado en ellos. Porque hay pelos en la ducha (los que echaba de menos Kiko Veneno "Echo de menos. Kiko Veneno"), porque hay gestos prácticos, precisos y sinceros. Porque hay verdad, muchísima verdad. Y porque esa verdad es, también, parte de nuestra condición de mujeres, de nuestra feminidad. Querámonos así también. Quiéranos así también.


martes, 29 de diciembre de 2015

Viaje a lo remoto: sensación de retorno.



¡Sensación de retorno!
Pero, ¿de dónde, de dónde?
Allí estuvimos, sí
juntos. Para encontrarnos ese día tan claro
las presencias de siempre
no bastaban. (...)

Mi mirada sentía paraísos
guardados más allá,
virginales jardines
donde con esta luz
de que disponíamos
no se podía entrar.

Por eso nos marchamos.
Se deshizo el abrazo,
se apartaron los ojos,
dejaron de mirarse
para buscar el mundo
donde nos encontráramos.

Y ha sido allí, sí allí.
Nos hemos encontrado
allí (*). 

Hay viajes, como el que sugiere el poema, que son a la vez de ida y de retorno. De ida porque, cuando lo emprendes, la senda a recorrer es aún incierta y no puedes reprimir el latido vigorizante de la aventura, de la exploración, de la conquista.  De retorno, porque a medida que caminas, sientes que no estás yendo, sino volviendo. Que tu destino te es, de repente, conocido, que una parte de ti -animal, clarividente- te susurra que tu viaje es en realidad sólo una vuelta a casa.

De estas travesías de ida y vuelta interior, nos habla Salinas, pero también Kavafis en su "Regreso a Ítaca" ("Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo..."), o Clarice Lispector en "La pasión según G.H." ("Crear no es imaginación, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad"). Y algo de esto hay, o al menos así lo he sentido yo, en el viaje a lo ancestral, a lo remoto, que humildemente propone NEØNYMUSun artista que, desde su refugio en la pequeña Covarrubias, hace música para espíritus grandes


El gran logro del proyecto de NEØNYMUS consiste en que ese viaje, que podría ser un recorrido arduo, altamente intelectualizado y complejo, se convierta en un sendero que se transita sólo sintiendo. Basta con adentrarse sin prejuicios en una de las cuevas donde tienen lugar sus conciertos (la cueva como templo; el concierto como rito, el artista como oficiante) y escuchar. Escuchar poniendo en off todo lo no esencial, desprendiéndose de capas hasta dejar al descubierto sólo el núcleo. Escuchar como una espiga que se mece al viento, con un nivel vegetal de conciencia. Escuchar y sentir: los hondos y profundos ecos de la voz humana articulados en una lengua muerta que no hace falta conocer para comprender, los ritmos producidos al golpear troncos, mano contra madera, percusión orgánica, las melodías dibujadas con flautas de hueso. Y en ese trance, tu cerebro paleolítico (que habita en ti, dormido) reconocerá en la música ancestral que NEØNYMUS recrea -utilizando la imaginación, por supuesto-, una belleza familiar y doméstica.


No sabemos cómo eran las melodías que sonaban realmente en las cuevas de los Neandertales, pero sí que, probablemente, hallaríamos hoy belleza en ellas, pues la música de nuestros antepasados respondía a patrones armónicos comprensibles para el hombre actual (se han encontrado, por ejemplo, flautas prehistóricas fabricadas en hueso con afinación pentatónica, lo que revela una comprensión de la tonalidad muy afín a la nuestra). Pensemos que la forma en que construimos la música no es casual, en ella ha intervenido invisiblemente la naturaleza (la música también es, en origen, naturaleza, domesticada y sofisticada, pero naturaleza al fin y al cabo). Los cimientos de nuestro sistema tonal se asientan en los armónicos naturales que los cuerpos -una cuerda, un tubo, un tronco- producen al ser golpeados, frotados o soplados. Es decir, que de alguna manera hemos considerado bonitos o eufónicos los sonidos que la naturaleza tocaba para nosotros y hemos construido la música a partir de ellos. Como un hombre que disfruta nadando en agua tibia porque, aunque no lo sepa, en una etapa pre-consciente, estuvo sumergido en ella, ¡amniótica felicidad prenatal! Esos mismos conectores inconscientes, que nos convierten en viajeros en el tiempo, son los que hacen que la música de NEØNYMUS sea capaz de conmovernos. Y si esa conexión se produce, estarás preparado para iniciar el viaje. 


Durante la travesía experimentarás el desamparo que provocan en tu cuerpo frágil el frío y el viento, la magia sanadora del crepitar del fuego, tan antigua..., el borboteo del agua, la calma extasiante de la lluvia. También llegarán hasta ti, sin filtros, los sonidos más primarios del hombre, los que, en un estadio previo al lenguaje, ya eran capaces de expresar emociones universales: el dolor, el miedo, la alegría. Conectarás con el mundo en el que no habían aterrizado aún los neones, los smartphone, los rascacielos ni los coches, el mundo que estaba ya ahí antes de que tú llegaras, antes de que los primeros cromañones poblaran la tierra para cambiarlo todo, el mundo en el que aún vivimos, aunque el grueso manto de la civilización nos impida apreciarlo. Si emprendes el camino descalzo, sentirás que esa tierra primitiva, desnuda, generosa y cruel al mismo tiempo, late aún bajo tus pies. Que esa tierra surcada de huellas es también la que tú ahora pisas, que esa tierra es tu casa. 

Y será allí, sí, allí, en ese descubrimiento, en esa revelación, donde lo encuentres: a Ítaca, a tu yo ancestral, a lo remoto. Será un viaje de ida con sensación de retorno.



(*) Pedro Salinas. Extraído de su poemario "Razón de amor".

domingo, 25 de octubre de 2015

La fraternidad del cuervo

"Los cuervos aprenden de la muerte", reza un inquietante titular publicado en la prensa de esta semana. Los cuervos aprenden de la muerte -El País-


Si no fuera porque aparece en la sección de etología y porque, al parecer, resume un exhaustivo estudio científico, diría que es poesía. 


Resulta que los cuervos extraen lecciones de la muerte de sus semejantes. Se unen en torno al individuo caído, aún caliente, lo rodean y graznan juntos. Aparentemente, un gran réquiem fraternal. Pero no se trata de un ritual funerario. No es al compañero muerto al que honran con su canto, sino a la supervivencia de su propia especie (como si la "especie" fuera un único individuo, universal y eterno... como si la parte adquiriera una preclara y repentina conciencia del todo... Perpetuar el molde, ese antojo evolutivo). 



Es su vida y la de sus compatriotas las que los cuervos tratan de proteger con esta ceremonia. Ellos cantan y la letra dice así: 
"Uno de los nuestros ha caído. 
Aquí y ahora. 
Precaución.  
El ahora se disipará pronto, pero no el aquí 
El aquí permanecerá, llevando en sus entrañas la amenaza secreta e invisible de la muerte.  
Aquí no significará más bajo este roble, tras estas rocas 
Aquí, a partir de ahora, significará peligro. Cuervo muerto 
Por eso, compañeros, graznemos juntos para que incluso el cuervo más distante escuche y venga. 
Venga y vea.  
Vea y grazne. 
Y luego levantemos el vuelo y alejémonos de este lugar para no regresar nunca más".


¿Es o no un bello funeral por la vida?

Ante la duda, yo defiendo que lo de los cuervos es poesía.



jueves, 3 de septiembre de 2015

Viejos sitios donde amar la vida

Dice la "Canción de las simples cosas"*  Video "La canción de las simples cosas" (que es a la vez un poema, un tango, una copla otoñal en la voz de Martirio y una cicatriz en la de Chavela) que "uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida". Siempre he confiado en la certeza de esos versos. En uno de estos días de finales de verano (que tienen algo de triste, de crepuscular, pese a conservar la luz blanca y alta de los cielos de agosto) decidí ir a despedirme de uno de esos lugares antiguos y queridos de los que habla la canción.

Es difícil escribir sobre el pasado (la niñez, la primera juventud, ese tiempo extraño de metamorfosis) sin caer en lo cursi y lo manido. Sólo diré que pasé quince años de mi vida (la mitad, prácticamente, de los que ahora tengo) en un lugar como detenido en el tiempo, hecho de castaños, piedra, ladrillo y hierro forjado, y que allí fui inmensamente feliz. Ese lugar que generaciones y generaciones de niños hemos llamado "colegio" ha sido testigo de varios capítulos de la historia reciente de nuestro país. En la primavera de 1896, por encargo de unas religiosas francesas (a las que, por el color de su hábito, la gente llamaba no sin cierto afán tenebrista "las Damas Negras"), se colocó la primera piedra de lo que empezó siendo un colegio sólo para señoritas, ubicado en el entonces Paseo de la Isla 35. Cuando, durante la Segunda República, las monjas tuvieron que exiliarse a París, los dos edificios que actualmente ocupa el colegio albergaron la sede del Banco de España e incluso durante la Guerra Civil (por su cercanía a la residencia del caudillo) desemperañon funciones de Cuartel General, en donde Franco firmó varias órdenes de fusilamiento. Qué paradoja que entre unas mismas paredes convivieran en poco más de cien años dioses, dinero, niños y sentencias de muerte. 





Mi colegio no era moderno, ni funcional, ni práctico. En los campeonatos de baloncesto infantiles, los equipos rivales protestaban porque las lineas que delimitaban el campo de juego se subían literalmente por las paredes (las "Damas Negras" decimonónicas no pensaron en crear patios de recreo de dimensiones reglamentarias). 



Por dentro, los pasillos y las clases estaba pintados de blanco y verde escolar (color que quizá por ese motivo, siempre he asociado al deber) y lleno de murales fabricados con hojas secas o preservadas con cola blanca Flokil, hojas rojas, amarillas y ocres, que las monjas nos llevaban a recoger en otoño al Paseo de la Isla




No sé si por culpa de esa exposición diaria a la belleza o por las enseñanzas de nuestra extravagante profesora de dibujo, los niños del colegio copábamos siempre los premios de los certámenes artísticos locales. Recuerdo que para uno de esos concursos, organizado por la entonces "Caja de Burgos", mi profesora eligió un dibujo mío como representación del colegio. Se trataba de un christmas en el que convertí el portal de Belén en una pirámide egipcia colocada en medio del desierto, y donde la estrella fugaz y los personajes que conformaban el Misterio, de trazo arabesco y flanqueados por palmeras cocoteras, brillaban  bajo un cielo rayado color morado intenso. Creo que ningún otro colegio religioso hubiera participado en un certamen de temática navideña con una composición tan desconcertante... Me dieron el segundo premio.  

Mi colegio no tenía ascensor ni rampas que permitieran la entrada de carritos, sillas de ruedas o niños con muletas, pero escondía laberintos secretos, antiguas carboneras decoradas con grandes dibujos a todo color y desvanes polvorientos donde descansaban estatuas de vírgenes y cristos crucificados, sobre los que inventábamos historias de terror o de milagros. 




Quizá ese anacronismo fatal, el que cualquier intento de modernización deviniera inútil entre unos muros de piedra, robustos como robles, pero en absoluto preparados para estos tiempos de urgencia, plástico y redes inalámbricas, haya sido lo que al final ha acabado con el colegio. Como sucedía en las viejas historias de la mitología griega (como la de la hermosa Psique), ha sido su propia belleza la que lo ha condenado. Este septiembre, por primera vez en décadas, el colegio no renacerá como cada otoño, sino que esperará inmovil, como un enorme animal varado, un nuevo destino.



El día que lo visité por última vez, lo encontré como aquella mañana en la que, con sólo dos años, mi madre (por entonces profesora de secundaria en el colegio) me soltó de la mano en una de sus aulas blancas y verdes. Desde entonces esas paredes fueron mi casa, mi recreo, mi disciplina y mi libertad, el escenario de los juegos de mi infancia y de mis primeros devaneos de juventud. También el lugar donde aún hoy transcurren muchos de mis sueños, que, por algún motivo, mi subconsciente de mujer adulta decide (aunque con otros rostros y otras intrigas) seguir situando allí. Allí, en el salón de actos con su frontal de madera, allí, entre el trajín de pucheros del comedor, allí, corriendo por los interminables pasillos o balanceando las piernas (que no me llegaban aún al suelo) en los bancos de portería... ¡Qué extraño visitar por última vez -dar por muerto, al fin y al cabo- un lugar con el que se sueña! 


                         

Reconozco que el día de mi última visita, sentada en el que fue mi pupitre de primero de EGB, que seguía oliendo a tiza y a goma Milán, me dieron ganas de llorar. Y es que sentí una emoción como la que de manera tan precisa describe Salinas en uno de sus poemas ("Pasajero en Museo"**). Una conciencia repentina de que mientras los pupitres, las pizarras o los percheros con las fotos de los niños que por última vez ocuparon el aula permanecían detenidos, inmortales y salvados (salvados de la corrupción de lo vivo, de lo húmedo, de lo sanguíneo, como fósiles de dinosaurio), el tiempo -mi tiempo- seguía deslizándose entre ellos, "corriendo aquí en mi pulso sin poder pararlo". Una conciencia repentina de que, también entre los fósiles, la vida continúa, como "un cántico en amarillos, verdes y blancos en este gran silencio de museo". Qué bello -y qué terrorífico- fue sentir latir la vida así, en medio de aquel silencio inmenso.



"Pasajero en museo" (extracto), de Pedro Salinas

No me miréis ya más,
criaturas salvadas
a mí, pobre de mí (...)
Vosotros, cristalinos
párvulos libertados
del enemigo que os crece dentro
mientras jugáis, jugando, día a día,
el adulto adversario de los juegos;
a salvo estáis de la corriente,
aparte en el remanso del juguete
tan claro
que a la felicidad se le ve el fondo.

Con esos ojos de ultravida, vivos,
a mí, a mí me miráis, desvanecido
mortal, que viene a veros,
tan cegado de historias y catálogos
que os daba por muertos (...)

Y yo, pobre de mí,
que traje mis miradas, tan cansinas
de trashumancias, mi rebaño triste
a apacentarse en esos tiernos verdes
de los paisajes y de las miradas,
me veo a mí, me lloro. Porque nunca
estaré con vosotros.
Siento la orden constante por mis venas:
transcurrir, sin parada,
de ansia a minuto, de minuto a ansia,
escapar de mí mismo, por buscarme,
huirme de entre mis manos, como un agua
que cojo en ellas y que gota a gota
me las deja vacías.
Por vosotros no lloro, que estáis muertos;
lloro por mi morir, que va corriendo
aquí en mi pulso sin poder pararlo,
porque la vida, dicen, dicen, dicen,
es eso, es un correr sin paradero.
De mi invencible resistencia sufro
a entender la verdad del coro vuestro,
cántico en amarillos, verdes, blancos,
cántico que me grita por la vista
en este gran silencio de museo.

* Extracto de "Canción de las Simples Cosas". Autores: César Isella (música) y Armando Tejada (letra)
** Los fragmentos entrecomillados pertenecen al poema "Pasajero en museo" de Pedro Salinas, poema incluido en su libro "Todo más claro".

lunes, 18 de mayo de 2015

BLANCO NUCLEAR


“M” es una mujer robusta que roza la cincuentena. Tiene las manos fibrosas (“confíen en mí, yo mujer fuerte, veinte anios soldadora en mi país”, dijo en su primera entrevista de trabajo) y un rostro de facciones severas pero hermosas. Toma café en una terraza del centro, mientras se deja envolver por el bullir palpitante de esta tarde de principios de abril en la que acaba de estallar la primavera. Ah, el ruido, el polen, la risa. “M” aspira ese aire delicioso y lo introduce en sus pulmones con determinación, como quien se detiene a repostar: “¡lleno, por favor!”. La alegría como combustible, como único truco de supervivencia.

Mientras espera, ojea una oferta de blanqueamiento dental que ha recogido del buzón y la estudia escéptica. En su país, los dientes blancos no son aún una necesidad. Allí nadie posa con esa sonrisa bobalicona que han popularizado las redes sociales -a unos porque internet les queda lejos, a otros porque lo que les queda lejos es sonreír-. “M” se compró una tablet con internet "dentro" con uno de sus primeros sueldos. Así puede hablar con su marido e hijos y, al menos, verlos en fotos -fotos de rostros con bocas menos blancas y menos sonrientes que las españolas-. Y pese a las ausencias, al pensar en sí misma -sentada en un café, desprendiendo el mismo aroma floral que dejaba en casa la nieta de la señora cuando iba a visitarla-, experimenta una embriagadora sensación de triunfo. La tarjeta sanitaria en regla, su cuenta en Facebook, y el frasco de Issey Miyake (de imitación) que atesora en su mesilla son para “M” la más certera definición de progreso.

Una mujer rubia de mediana edad llega al café y se sienta a su lado. Se saludan con familiaridad y celebran la llegada del buen tiempo. Al rato, el semblante de ambas se ensombrece. Brotan entonces las palabras que llevan minutos posponiendo: “dime cómo fue el final. Dime si sufrió”. Al despedirse intercambian objetos -algunos documentos, joyas y medallitas con efigies religiosas -“mi madre querría que lo tuvieras tú”. "M" no es católica, pero su fe ortodoxa digería sin ningún problema los retratos del papa o que San Antonio -"muy milagroso", a decir de la señora- presidiera la mesa camilla. "M" y la mujer rubia se dan un abrazo. Las dos tienen lágrimas en los ojos.

“M” lleva diez años en España dedicándose al cuidado de vidas que se apagan. Es una tarea solitaria, en la que la enfermedad y la muerte andan siempre pisándote los talones. Pese a todo, “M” la prefiere a la soldadura en Rumanía.



Cuando el camarero está ya limpiando la mesa, “M” vuelve corriendo. Se ha olvidado el folleto del blanqueamiento dental. Nunca se sabe…



miércoles, 14 de enero de 2015

Mujeres que esperan, mujeres que se quedan, mujeres que se van.



PENÉLOPE

Mujeres que esperan.

Veinte años no son nada, debía de pensar Penélope, mientras intentaba ignorar el fluir de su sangre, el rastro de la aguja en la tela, el discurrir de un tiempo que, a diferencia de ella, no esperaba por nada ni por nadie. Como tantas historias, que terminan siempre con un hecho deslumbrante, con una última escena lo suficientemente rotunda para colmar ese ansia tan humana de poner un punto final a las cosas -cuando lo realmente interesante es lo que vendría justo después del punto-, la suya se detiene con el retorno de su hombre. Pero veinte años son demasiados incluso para una historia con final feliz, pues igual que uno no se baña nunca dos veces en el mismo río, ni Penélope ni Odiseo debían de ser ya, a esas alturas, los mismos felices recién casados que fueron. Qué pena, Homero, tan amante de las grandes gestas, que no nos contaras cómo terminó la aventura más grande a la que tuvo que enfrentarse tu héroe, la de reencontrarse con su vida... Qué lástima no poder preguntarle ya a Penélope si, después de todo, la espera -la soledad, las canas, las renuncias- mereció la pena.



Súplica

Sigue tejiendo, amor, y destejiendo
jerseys y leguas para mi derrota,
bufandas para el viento que me lleva,
el frío de mi fuga
y el invierno que soy. Sigue tejiendo.
Sigue diciendo no
al desaliento y a tus pretendientes.
Y no les digas no, diles mañana,
y mañana también diles mañana.
lo mismo que yo a ti. Hasta que regrese.
Cuando cansado ya de derroteros,
harto ya de perderme y de morarme
en regazos de magas o en riesgos de sirenas,
regrese a ti, y no sepas
qué hacer con el quehacer de tanta espera
como ahora no sé qué hacer conmigo.
Me he convertido en nadie. 

Juan Vicente Piqueras. Poemario "Atenas"


EVA BRAUN

Mujeres que se quedan.


No sabemos si fue el amor o la locura, la lealtad o la coacción, el miedo o la lucidez. Lo que sí sabemos es que Eva, que había ligado su vida a la de, probablemente, el hombre más difícil de amar de todos los tiempos, decidió acompañarlo también en la muerte. Eva, tan aparentemente llena de vida, tan incomprensiblemente enamorada, tan arrebatadóramente cómplice. Eva, de forma inexplicable, fue una de esas mujeres que se quedan hasta el final.



Autor del poema Jorge Ortiz Robla. Autor del video-montaje Juan Martínez de Medina

LILITH

Mujeres que se van.

De acuerdo con la leyenda -que recrea su personaje a través de la mención que de ella se hace en el Libro de Isaías- y con los relatos que nos llegan de las antiguas tradiciones judaica y mesopotámica, Lilith fue la primera mujer de la creación, y también la primera mujer que dijo "no". Lilith, creada "a imagen y semejanza de Dios" y hecha de polvo y barro, al igual que Adán, no tardó en decir "no" a las imposiciones de éste, al carácter decorativo asignado a su sexo, a la vida de sumisión y renuncia que había sido preparada para ella. Lilith dijo "no" y, ante la mirada perpleja del creador -y del creado-, renunció a los algodones de la vida en el paraíso y huyó. No es de extrañar que ante un ejemplo de ejercicio de libertad tan impetuoso y revelador, resultara mucho más "adecuado" que la segunda mujer fuera no un nuevo todo, sino tan sólo la parte. Parte servil, Eva, costilla inútil. La religión cristiana hizo desparecer a Lilith de sus textos, oficializando a la más conveniente Eva y relegando a aquella al olvido. Por su parte, las tradiciones que siguieron la pista a su figura la transformaron (entiendo que con un objetivo ejemplificante) en un ser bello, obsceno y demoniaco que habitaba en las tinieblas y que debía ser temido. Crueles castigos ambos para la que fue la primera heroína de la creación. Sin embargo, todas nacimos de tí, Lilith mitocondrial.

Lilith

"Ovillo no
exploradora
carne luciérnaga que ilumina bosques
memoria de los ángeles
no vuelas
más
qué hermosas huellas de mujer
en los senderos
arcilla sólo
pantera extensa
que no sirve café en la sobremesa
                                                              del jardín
tu boca constelada
nombra estrellas fugaces
alboreas el mundo
lo bautizas
cartógrafa del alba
alquimista primera de ungüentos perfumados
dragones escarlata humillan la testuz
tus pies besan
sin alas ya
tus pies terrestres
tus pies
                   pavesas".


Soledad Medina. Poemario "Séptimo Cielo".